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8M. Malado Sangaré contra la brecha de género: “Nunca pensé que llegaría a saber escribir mi nombre, y ahora soy monitora”

Mientras el más reciente informe denuncia que tardaremos 134 años en cerrar la brecha global, las estrategias de medicusmundi en Mali logran, con educación y oficios, éxitos con nombre de mujer. E implican a los hombres con las segundas ecografías de sus esposas embarazadas. 

El mundo se detiene hoy para analizar la situación de la mujer, y las cifras son un baño de realidad. Según Informe Mundial sobre la Brecha de Género 2024, al ritmo actual, tardaremos 134 años en cerrar la brecha global de género. Un siglo y un tercio. Cinco generaciones. Es una eternidad que no se pueden permitir las niñas que hoy nacen en contextos de vulnerabilidad. Pero mientras los grandes despachos de Ginebra o Nueva York analizan este estancamiento —donde sólo el 1% de los puestos de alta dirección en justicia mundial están ocupados por mujeres en países de bajos ingresos—, en un rincón de Koulikoro, Mali, una mujer llamada Malado Sangaré ha hecho algo revolucionario: ha escrito su nombre en una hoja de papel.

Hoy no hablaremos sólo de estadísticas. Queremos escribirles desde el Centro Madre María Bernardo, donde personas como Malado comenzaron su proceso de alfabetización y aprendizaje de un oficio, con ayuda de las monitoras y Hermanas como Yolene, nuestra compañera al frente del Proyecto de Atención a Mujeres en Malí . Porque la igualdad no es un concepto abstracto; es la capacidad de una madre para leer una receta médica y no ser engañada por su propia sociedad. “Ahora soy independiente y puedo cubrir mis propias necesidades. Además, tengo la oportunidad de ser monitora y ayudar a otras niñas y mujeres a aprender”, comenta con orgullo Malado Sangaré.

La paradoja del progreso: Dos pasos adelante, uno atrás

Miremos el mapa global. El panorama de estos dos últimos años es de un estancamiento preocupante con retrocesos puntuales. Retroceso contra los derechos conquistados, especialmente los sexuales y reproductivos.

El reciente informe "(In)Justicia de Género" revela una desigualdad estructural alarmante: en 171 organizaciones jurídicas mundiales, solo el 1% de los altos cargos están ocupados por mujeres (en países de ingresos bajos), frente al dominio de hombres de EE. UU. y Reino Unido. Esta brecha no es aislada; el mundo se encuentra al 68,6% de paridad, y al ritmo actual necesitaremos 134 años para cerrarla (WEF 2024).

Económicamente, la situación se estanca: la falta de inversión —estimada en un déficit de 360.000 millones de dólares anuales— impide cumplir los objetivos de igualdad para 2030 (ONU Mujeres). Las mujeres siguen asumiendo la carga de los cuidados no remunerados (2,3 horas más al día que los hombres) y enfrentan una brecha salarial persistente y mayor inseguridad alimentaria.

En el ámbito político y empresarial, la representación femenina apenas alcanza el 26,9% en parlamentos, con un progreso calificado de "lento y desigual" (IPU 2026). A esto se suma la "paradoja de la salud": las mujeres viven más, pero con peor calidad de vida y mayores barreras de acceso (OCDE). Finalmente, el retroceso en derechos reproductivos y la persistente violencia —137 víctimas diarias— evidencian un retroceso global

En resumen, la brecha de género se cierra a un ritmo casi imperceptible en empleo y salud, mientras que las grietas de la pobreza y la violencia se hacen más profundas. Hoy, en pleno 2026, 316 millones de mujeres han sufrido violencia física o sexual por parte de su pareja en el último año.

ONU Mujeres y ONU-DESA alertan de que, si no se prioriza la igualdad de género ahora, no solo fracasará el ODS 5, sino que toda la Agenda 2030 quedará en peligro, porque la desigualdad de género es un determinante estructural de la pobreza, la fragilidad y salud en un momento de retroceso democrático y de ataques continuos contra los derechos de las mujeres, la transparencia y la rendición de cuentas.

Mali: Donde el cuerpo de la mujer está en el primer frente de batalla

El proyecto en Koulikoro trabaja en dos áreas que son indisolubles: la formativa y la sanitaria. En el Centro de Salud Santa Clara, 50 mujeres con diabetes e hipertensión reciben seguimiento semanal. Pero el verdadero éxito es el cambio cultural. Antes, las mujeres solo iban al médico en una emergencia extrema. Hoy, gracias a la sensibilización, los controles prenatales han aumentado, la vacunación infantil es la norma y la prevención se ve como una inversión en vida, no como un gasto.

Y no podemos olvidar a los niños. La desnutrición en los primeros mil días de vida deja secuelas irreversibles: déficits cognitivos y sistemas inmunológicos debilitados. Al educar a las madres y realizar controles mensuales, se está rompiendo el ciclo intergeneracional de la pobreza.

 

 

La Hermana Yorlene Piedrahita, responsable del Centro de Salud Santa Clara y responsable del proyectos de medicusmundi en Koulikoro, lo explica: “Tras siete fases de intervención en Koulikoro, el cambio más profundo y visible en la estructura social ha sido la transformación progresiva del papel de la mujer: de sujeto pasivo y dependiente, a protagonista en la toma de decisiones familiares, sanitarias y económicas…Ser lideres, ser independientes”.  Yorlene explica que el proyecto no solo ha mejorado indicadores sanitarios, sino que ha fortalecido la autoestima, la conciencia de derechos y la autonomía femenina, generando un cambio cultural progresivo en la toda la comunidad. Se ha hecho hincapié en la alfabetización en francés y en bambara, y se las capacita en costura, liderazgo, emprendimiento y cooperativismo para fomentar la autonomía económica y social. Así como, en el Centro de Salud Santa Clara, las mujeres reciben educación para la salud y prevención; jornadas de salud integral y primeros auxilios; formación en salud sexual y reproductiva; sesiones de sensibilización contra prácticas dañinas como la Mutilación Genital Femenina (MGF); formación de primeros auxilios orientadas al personal del Centro Sociocultural Mª Bernarda (CSMMB) y del Centro Multifuncional Ana Coulibaly (CFMAC). Y la consolidación progresiva de una cultura de prevención.

Yorlene tambien resalta que uno de los datos más sorprendentes y esperanzadores de esta séptima fase en este proyecto es la implicación de la masculinidad: “Históricamente, el cuidado era "cosa de mujeres". Pero en medicusmundi hemos utilizado estrategias ingeniosas, como ofrecer la segunda ecografía gratis si el padre acompañaba a la madre”.

El resultado es emocionante: hoy hay padres que acompañan a sus mujeres en la sala de partos o cesáreas. Se está construyendo una nueva masculinidad basada en la corresponsabilidad. Cuando el hombre se involucra, la comunicación intrafamiliar mejora y las decisiones sanitarias son más rápidas y efectivas para toda la familia.

Malado y Yuma: El rostro de la independencia

Malado Sangaré era una de esas mujeres invisibles. De siete hermanos, ella fue la única que no pudo ir a la escuela. Se casó sin saber leer ni escribir, y mucho menos sin un oficio. "Nunca imaginé que lograría aprender todo eso", dice hoy con un diploma de costura y alfabetización bajo el brazo.

Hoy, Malado no solo es independiente para cubrir sus necesidades; es monitora. Enseña a   otras. Transmite lo que recibió de mujeres como Assetou o Fatou. Ese es el "efecto   multiplicador" de la cooperación: no se salva a una persona, se fortalece a una comunidad.

Y luego está el caso de Yuma Diakité. Antes del proyecto, Yuma era una sombra en su propia casa. Dependía totalmente de su esposo y su voz no existía en las decisiones familiares. Tras pasar por los talleres de emprendimiento y liderazgo, Yuma montó su propio taller de costura: ahora contribuye a los gastos y a la salud de sus hijos, ganándose un respeto que antes le era negado. Además, se ha convertido en una líder que emplea a otras mujeres. En definitiva, pasó del silencio a la palabra. Como bien dice Yorlene: "El orgullo no es soberbia, es conciencia de dignidad".

La cooperación, corresponsabilidad global

A menudo escuchamos que la cooperación es caridad. Pero es corresponsabilidad global. Cada euro invertido en Koulikoro se multiplica en dignidad y autonomía. Es una alianza silenciosa entre nuestros ciudadanos y las mujeres de Koulikoro.

Malado Sangaró termina su historia con una frase que debería ser nuestro mantra hoy: "Ya no tengo miedo de los papeles". La alfabetización es una liberación simbólica que devuelve la capacidad de comprender la propia realidad.

Ese es el mensaje que nos llega desde Mali este 8 de marzo: la mujer africana no necesita que la salven, necesita oportunidades justas. Su resiliencia no es una resistencia pasiva frente al dolor, sino una capacidad activa de reconstrucción. No estamos hablando de víctimas, estamos hablando de líderes en proceso.

Mientras el mundo debate si tardaremos 100 o 200 años en alcanzar la igualdad, en Koulikoro hay mujeres que ya están viviendo su futuro. “Mujeres que llegan puntuales, sonrientes, con sus hijos a la espalda y elegantemente vestidas, orgullosas de lo que son” dice nuestra compañera Yorlene.

Por Hermana Yorlene Piedrahita y Teresa Rosario